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Ripapola en Argentina
El pobre de Ripapola, que ha tenido que emigrar a Buenos Aires, como tantos españolitos allá por los cincuenta.
Porque decidió que ya estaban pintadas todas las casas de Andalucía, y había que darle un repasito a las fachadas bonaerenses. Y porque quería llevar el blanco del Mediterráneo allende los mares, para dejar su huella de artista pintor en las Américas, que no se diga.
Pero la casualidad es una dama caprichosa, y hete aquí que cerca de donde el bueno de Ripapola vive actualmente (una calle estrecha de la ancha Buenos Aires) ha ido a parar un compadre de su mismo pueblo, de Periana.
Que quién lo iba a decir, con lo ancho que es el mundo y acaban aquí dos perianenses. Eso sí, Ripapola no sabe nada. No se lo digamos. Dejemos que sea el compadre que escondido tras una farola argentina le suelta el famosísimo:
- ¡¡ RIIIIPAPOLAAAAA !!!
A lo cual, el susodicho pintor responde con la más pura poesía que haya captado oído humano:
- Algún hijoputa de Periana tiene que ser.
¡Abuelo, muérete!
Las niñas han perdido su muñeca. Pero, ¿la han perdido realmente?
Se angustian y saben de la solución. El abuelo.
Así que acuden como rayos a donde está el abuelo, sentado en su sillón, con sus mil años y su serenidad lectora. Y le espetan a grito pelado:
- ¡Abuelo, se nos ha perdido la muñeca! ¡Se nos ha perdido, abuelo!
- Y, ¿Qué queréis que haga yo?-responde él, aunque ya sabe lo que le van a pedir.
- ¡Abuelo, muérete! -gritan las niñas despavoridas.
Porque lo que ellas llaman "morirse" no es sino que el abuelo entre en trance, en el que tiene visiones del más allá, y puede ver donde los demás nunca pudieron. Incluso los objetos perdidos, como la muñeca. Aunque ¿la han perdido realmente?
Así que el abuelo empieza a "morirse", entra en trance, convulsiona, tiembla, babea. Las niñas abren los ojos como platos, de miedo, de gozo.
-Veo...veo algo...
-¿¿Qué es lo que ves, abuelo??
-Veo una muñeca... sí, veo una muñeca...
-¿Dónde abuelo? ¿Dónde la ves, abuelo?
-La veo...la veo... bajo la cama de Conchi.
Allá que van las niñas, tres rayos de luz blanca, sus vestiditos al viento de la casa andaluza, un visto y no visto.
El abuelo sonríe en su ausencia, con esa sonrisa que solo la edad y los años pinta en las caras. Un grito de las niñas en la habitación de Conchi:
-¡Es verdad, abuelo! ¡Aquí está!
La muñeca que habían perdido. Aunque, ¿realmente la habían perdido?
Porque si fuéramos dos horas atrás en el tiempo veríamos al abuelo agachado bajo la cama de Conchi colocando una muñeca que más tarde se daría por perdida.
Y veríamos la misma sonrisa en su cara que la que mantiene en estos momentos al escuchar el grito de las niñas al producirse el hallazgo.
Esa sonrisa que solo la dan los veranos vividos y la inteligencia de la edad.
Ripapola baja de una escalera